• 02/febrero/2010 •

¿Objeción de conciencia?

<b>Rodrigo Larraín</b><br>Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

Rodrigo Larraín
Sociólogo, académico pre y postgrado en las Facultades de Ciencias de la Educación y Ciencias Sociales de la Universidad Central. Tiene una Maestría en Ciencias Sociales, una Licenciatura en Educación, un post-título de Administrador e Investigado

Dramáticamente, planteaba hace poco un exagerado que había llegado la hora de la resistencia moral, que había que dar muestras de valor y que el momento de defender los principios había llegado, invitaba a la objeción de conciencia. Se refería a que había que negarse a recetar o administrar la denominada píldora del día después. Sí, la misma de la que se decía que era abortiva y, por lo mismo, cualquiera que la defendiera como inocua era un abortista en potencia y los grupos “provida” podían cebarse denostándolo.

Por ella se trabaron litigios ante diversas cortes, incluso ante la corte celestial si hubiera sido necesario. Pero a medida que pasaba el tiempo ya no era abortiva, era un poquito, no era ciento por ciento segura, quizás…, a lo mejor… y nació el segundo argumento para oponerse, más especioso que el anterior: que mientras no fuera absolutamente inocua seguiría siendo objeto de abominación.

Los defensores de la vida lo eran total y absolutamente; lo único malo es que en la realidad de este mundo en que estamos, en este valle de lágrimas, nada es absoluto. Incluso mucha gente todos los años muere por que las dosis de sus remedios no son absolutamente precisas, otros quedan con secuelas; sin embargo, todo ello se hace para procurarles un bien, con todos los riegos que ello tiene, incluso de quedar con secuelas muy negativas.

Así que el argumento de que sólo sirve lo que es absolutamente seguro es absurdo, falto de toda razón y de imposible de existencia en la realidad, todo es probabilístico, cosa que parece no saber, por ejemplo, un ingeniero devenido en bioético. Pero, ¿qué sentido tiene todo esto? ¿Por qué este empeño vano? Mejor dicho, ¿Qué interés se oculta tras tanta futilidad? Parece sospechoso el ánimo de dejar a la Iglesia, mejor a las enseñanzas de ésta, en un plano de falta de lógica y contraria a la ciencia. Sí, porque estos así denominados “provida” dicen representar la más pura doctrina católica, no se basan en ninguna otra clase de creencias o convicciones, en otros países son los fundamentalistas cristianos, pero en Chile son los católicos recalcitrantes. Por lo que vale la pena reflexionar qué es lo que se proponen.

Pero antes de seguir, debe hacerse una precisión conceptual, definamos qué es un hereje; un hereje es una persona que hace un corte con una línea de pensamiento o una fe, es uno que opina y cree distinto y, además, se opone, niega o desprecia el tronco central de las creencias a las que dice defender, aunque, en los hechos, está renunciando a ellas. Un hereje es aquel que transforma una opinión minoritaria en la más importante de sus creencias, la herejía no es sostener una cosa errada o mala, es el conjunto de las creencias el que pierde armonía al elevar lo secundario a lo central, y con obcecación.

El resultado es la deformidad de las convicciones y, no menos importante, de la moral –como en el caso de los que siendo antiabortistas por defender la vida, cerraron los ojos ante los crímenes de adultos que pensaban distinto, estableciendo diversas calidades de vida y de valor de las personas. Tanto el crimen de aborto como el de desaparición forzada de personas son igualmente repudiables.

Los diccionarios católicos corrientemente definen al hereje como uno que tiene un juicio erróneo de la inteligencia; ese error crea responsabilidad, por ello la Iglesia lo castiga. Por otra parte, estos fanáticos pecan de ignorancia, pues quienes pensamos distinto no estamos yendo contra los dogmas ni contra la autoridad eclesiástica, pues dice el canon 752 del Código de Derecho Canónico que “Se ha de prestar un asentimiento religioso del entendimiento y de la voluntad, sin que llegue a ser de fe (nótese), a la doctrina que el Sumo Pontífice o el Colegio de los Obispos, en el ejercicio de su magisterio auténtico, enseñan acerca de la fe y de las costumbres, aunque no sea su intención proclamarla con un acto decisorio; por tanto, los fieles cuiden de evitar todo lo que no sea congruente con la misma”. En caso de conciencia, pues, estamos llamados a adherirnos a la enseñanzas más no a pensar igual que ellos, es sólo asentimiento de mente, de respeto, mas no de fe.

Puestas así las cosas, y tal como lo señala el canon 754: “Todos los fieles están obligados a observar las constituciones y decretos promulgados por la legítima autoridad de la Iglesia para proponer la doctrina y rechazar las opiniones erróneas, y de manera especial las que promulga el Romano Pontífice o el Colegio de los Obispos”, y que se sepa sobre la famosa píldora no hay nada decretado.

Por ello es que me parece sospechosa la actitud vociferante y de pseudo persecución de algunos que no han leído las Escrituras y desconocen la doctrina, la tradición y la legislación eclesiástica. Es ignorar algo tan elemental como que las enseñanzas de la Iglesia tienen distintos niveles de autoridad y exigen diferentes asentimientos. Para no suponer mala fe, quizás se trate del viejo refrán que señala que “los cuidados del sacristán mataron al señor cura”, Dios quiera que sea así y que no se oculte nada más detrás de tanta falsificación: Pero así se empieza y a los pocos años tenemos a algunos enseñándole a los Sumos Pontífices como gobernar la Iglesia y declarándolos a ellos herejes y predicando la “verdadera” fe. Y esto nos lleva a reconocer un pecado nuestro: habernos quedado demasiado en asustar normativamente y dedicado poco esfuerzo a enseñar la doctrina.

Rodrigo Larraín.

Publicado: 16/02/2010

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