• 11/mayo/2018 • Internacional
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Papi ¿por qué me odias?

Carolina Vásquez Araya
Periodista y Analista Política
Nacionalidad: Chilena
Correo electrónico elquintopatio@gmail.com
FB: http://on.fb.me/1NmyyFH
Twitter: @carvasar
Blog: https://elquintopatio.wordpress.com
Periodista y editora con más de 30 años de experiencia, cuyos logros profesionales en el desarrollo de proyectos de gran éxito avalan sus cualidades de liderazgo, creatividad y relaciones públicas. Ha aportado sus conocimientos en proyectos de organizaciones con intereses orientados al desarrollo social, cultural y económico del país, con especial énfasis en el sector de cultura y educación, emprendimiento, derechos humanos, justicia, ambiente, mujeres y niñez.

Las crecientes revelaciones de casos de violación de bebés obligan a reaccionar.

Algo muy malo sucede con la especie humana cuando padres, hermanos, maestros, líderes
espirituales o simples vecinos son capaces de violar. Pero algo mucho más perverso se revela ante
las agresiones sexuales perpetradas contra seres tan indefensos como bebés, niñas y niños en sus
primeros años de vida. Cuerpos y mentes aniquilados por ese embate violento y espeluznante que
suele acabar con su vida.

Los casos recientes en Chile y Colombia de violaciones y asesinatos de bebés -por mencionar solo
algunos- provocan un asco indescriptible. Sin embargo la repulsa social no es aún suficientemente
rotunda para evidenciar el horror de estos hechos por existir una especie de pacto de silencio
tendente a poner etiquetas grises sobre los atroces crímenes sexuales perpetrados por hombres. Eso
es el patriarcado. Así es como se manifiesta a través de los medios de comunicación, los círculos
sociales y los tribunales de justicia esa inconcebible complicidad ante las violaciones sexuales.

“No me lo cuentes” es la primera reacción ante la noticia de una bebé de poco más de un año de
vida, prácticamente destrozada por la penetración del pene de su propio padre o de su protector
asignado por un juez de familia. Eso, porque no queremos saber los detalles de uno de los episodios
más crueles que es posible imaginar contra un ser indefenso. Entonces se nos agolpan las imágenes
de nuestras propias hijas e inútilmente intentamos borrarlas para hacer como que nunca nos
hubiéramos enterado. Pero estos hechos nos perseguirán porque, como sociedad, tenemos la
responsabilidad de hacer algo para evitarlos.

La violación es un crimen convertido en costumbre, en una especie de derecho del macho, en una
forma de diversión para jaurías de jóvenes o adultos capaces de asaltar, torturar e incluso asesinar a
una niña o una mujer. La violación se considera una manera de reafirmar la virilidad imponiéndose
física y psicológicamente sobre alguien del sexo opuesto o de su mismo sexo y por ello se ha
utilizado históricamente como táctica de guerra. La violación ha sido la manera de someter a otro
ser humano y arrebatarle la dignidad.

Esto es una realidad a la cual se enfrenta la mitad de la población mundial; esa mitad que para
equiparar sus derechos humanos con los de sus pares masculinos ha tenido que arriesgar la vida y
soportar múltiples campañas de desprestigio por tener los arrestos de intentar un cambio radical.

Pero los avances, aunque importantes, no son suficientes. A las mujeres se les niegan sus derechos
desde antes de nacer y esa desigualdad contribuye a colocarla en posición de inferioridad en su
hogar, en su escuela y en su puesto de trabajo durante todo el resto de su vida. Por ello, cuando
denuncia una violación o un acto de acoso, es la primera víctima del sistema. A ella se la interroga
con dureza, en ella recaerán las dudas y será sancionada por ponerse en la situación objeto de su
denuncia. De hecho, se la condenará por haber tenido el descaro de poner de manifiesto uno de los
mayores vicios de la sociedad: la misoginia.

Si para las mujeres adultas el sistema patriarcal representa un atentado a su integridad como ser
humano, la situación de una niña dependiente de las decisiones de los adultos que la rodean puede
llegar a ser una de las peores pesadillas si esos adultos abusan de su debilidad y la convierten en una
esclava sexual desde sus primeros años de vida. Para estas prácticas inhumanas, sin embargo, no
existen obstáculos bien definidos porque la voz de las víctimas apenas ahora comienza a
escucharse.

Los depredadores sexuales son sujetos normales, respetados socialmente, amparados por el
sistema.

Carolina Vásquez Araya
elquintopatio@gmail.com

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