• 09/julio/2018 •

Paranoia, Mentira y Verdad

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

Se ha hecho un lugar común suponerle intenciones siniestras a los medios de comunicación, basadas principalmente en que estos no divulgan las informaciones que a sus críticos les parecen importantes e incluso ineludibles, pero se suele olvidar que la prensa (escrita, radial, televisiva e incluso digital) no son instituciones de caridad ni tiene como propósito servir a la ciudadanía, sino que son empresas comerciales que, primero, tienen que solventar sus costos de operación y, segundo, tienen como fin dar utilidades a sus propietarios.

Por eso es que en democracia la regla no es poner los medios al servicio del Estado -como si el Estado que está administrado por el Gobierno de turno, representara el bien común- sino que el principio es que cada persona que lo desee pueda tener la libertad para crear su propio medio de comunicación. En estos tiempos digitales y globales esta posibilidad es casi gratuita, por lo que los críticos de los medios pueden perfectamente crear su propio medio de comunicación y comprobar en los hechos que no es fácil la subsistencia.

Así como ocurre con la definición de verdad, la objetividad periodística también depende de la perspectiva de quien la sostiene, lo que en términos prácticos significa que no existe.

Tener diferencias de opinión no debe ni puede interpretarse como una intención malévola de la contraparte de mentir permanentemente, así como tampoco puede sostenerse que siempre dice la verdad, pero desde una mirada pragmática es imposible suponer que todos los periódicos, todas las radios y todos los canales de televisión se ponen de acuerdo en reuniones semanales sobre las mentiras que se esparcirán en los siguientes días.

Lo que sí hay es que como ocurre, por ejemplo, con un determinado oficio, todos los directores y editores de medios comparten una visión precisa de la sociedad, pero en definitiva es el mercado el que determina los contenidos.

Un ejemplo claro de ello: La televisión cultural. Nadie puede negarse a emitir espacios de calidad que eduquen (o instruyan, que no es lo mismo) al público, pero si sigue teniendo más audiencia hablar sobre los chismes de los ricos y famosos que explicar el origen del idioma rapa nui, es inevitable que la cultura termine siendo desplazada. Eso no corresponde a ningún plan maquiavélico sino a la simple constatación de la realidad cultural de un público determinado. Se puede decir que los medios han deformado la inteligencia de la gente, pero eso ya sería insistir en teorías paranoicas y no asumir la responsabilidad que cada uno tiene de entregar contenidos inteligentes capaces de contribuir al desarrollo de la inteligencia de la gente.

 

Andrés Rojo Torrealba

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