• 21/agosto/2009 •

Paro de la Confusam: ¿Al servicio de qué?

<b>Marcos Vergara</b><br>
Académico Escuela de Salud Pública Universidad de Chile.

Marcos Vergara
Académico Escuela de Salud Pública Universidad de Chile.

Es muy difícil justificar un paro de actividades cuyo resultado es dejar de prestar servicios básicos a la comunidad, en particular cuando estos servicios son provistos por organizaciones públicas (que pertenecen al conjunto de la sociedad), cuando ellos sirven a necesidades extremadamente sensibles de la población como son las de salud y cuando tienen como principales clientes a la población indigente que es, al mismo tiempo, la más necesitada y la que no tiene alternativas de atención. ¿Cómo, entonces, justificarlo?

Sólo en los zapatos de un dirigente sindical que lleva ya 18 años a cargo –como la Concertación en el gobierno- podría encontrarse una respuesta a esa pregunta. En efecto, aún reconociendo la importancia del primer nivel de atención y, por cierto, la necesidad de transferir a ese nivel recursos frescos, CONFUSAM se ha ido poniendo cada vez más lejos de representar un espacio de posibilidad para una verdadera mejora de los servicios que se ofrecen en este punto crucial de la red asistencial. La imagen de sus dirigentes en la televisión es anacrónica y también lo son sus discursos. Están sólo al servicio de esa parte del funcionariado que, legítimamente por cierto -están en su derecho-, ha abandonado a estas alturas el interés por hacer una reforma del sistema o por materializar el sueño de Alma Ata y reclaman por mejoras en sus remuneraciones, universales y proporcionales. Los temas de gestión o de cambio del modelo de atención no son la prioridad. El poder de estos dirigentes radica en el statu quo y no se vislumbran todavía señales de recambio generacional.

Mientras tanto, el sector de la salud está cambiando: hay una reforma en implementación, surgen políticas con enfoque de derechos, ciudadanos y medios de comunicación establecen alianzas para el ejercicio rotundo de esos derechos (abundan los casos de directivos sectoriales que dimiten en medio de la ira de los usuarios o de la comunidad, en ocasiones enceguecida por su deseo de justicia). Y, lo que es más trascendente, a pesar de la inyección de más recursos en los últimos años (ver Tabla N°1), un número no despreciable de beneficiarios del sistema público –los no indigentes- se desplaza hacia los prestadores privados en busca de atención (38% de los servicios ambulatorios de esos prestadores privados fueron otorgados a beneficarios de FONASA en el 2001, 46% en el 2006).

La tarea, entonces, está pendiente. Muchos entusiastas especialistas de salud pública –y la propia autoridad ministerial- siguen apostando a modificaciones en el modelo de atención, intentando escapar del paradigma de la complejidad clínica para poner las energías en el tejido de la red de servicios y en la complejidad social, donde la salud de la comunidad está siendo fuertemente determinada. La estrategia de atención primaria no ha perdido vigencia, sin embargo sí lo ha perdido un cierto modo de hacer las cosas, que explica porqué esa estrategia tan querida nunca ha terminado de materializarse. Los esfuerzos de la autoridad están puestos en el desarrollo del modelo de medicina familiar, que responde a la misma inspiración estratégica, pero su éxito supone una mayor apertura en el despliegue de las posibilidades de acción, que evite caer siempre por el despeñadero del estatuto de atención primaria.

Abraham Horwitz, nuestro reconocido salubrista y director de OPS durante muchos años, nos dijo –cuando políticamente para muchos ya no era conveniente escucharlo- que las deudas o temas olvidados del SNS chileno fueron dos. Por una parte la gestión y, por otra, el reconocimiento de los beneficiarios como actores efectivos en la construcción de su propio estado de salud, sujetos con preferencias e intereses frente al sistema, personas que habrían de ser, finalmente, la razón de ser de nuestra preocupación como prestadores de servicios de salud. En definitiva, ciudadanos.

Malvenido entonces este paro, que ni siquiera pone el costo de dejar de atender a la población en beneficio de la causa principal.

Marcos Vergara Iturriaga.

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