• 22/agosto/2011 •

Pasar agosto y no morir en septiembre

<b>Guillermo Holzmann</b><br>Magister en Ciencia Política. Director Area Estrategia, Prospectiva, Seguridad y Defensa Analista Político. Socio - Director ANALYTYKA Consultores. Presidente Capitulo 233 ASIS Internacional.

Guillermo Holzmann
Magister en Ciencia Política. Director Area Estrategia, Prospectiva, Seguridad y Defensa Analista Político. Socio - Director ANALYTYKA Consultores. Presidente Capitulo 233 ASIS Internacional.

Imposible no imaginar que esta frase pasa por la cabeza de todos y cada uno de los integrantes de nuestra clase política. En especial en el gobierno, pensando en la falta de aprobación ciudadana y la mantención del ambiente de conflictividad social.

Lo que partió por una justa reivindicación en la calidad de la educación, después de tres meses sumando adherentes, se transformó en un medio eficaz para otros sectores a la hora de manifestar su descontento y sus demandas. Aglutinados en un frente contra la “desigualdad y falta de oportunidades”, se ha abierto una renovada forma de participación social, donde quien no se moviliza, no obtiene o no logra poner en agenda sus demandas. Ello implica un reconocimiento implícito a la falta de manejo de la agenda política en la medida que los temas se visibilizan sí, y solo sí, se expresan a través de movilizaciones. A su vez, ello conlleva que la agenda desplegada por el gobierno pase a quedar subsumida en las movilizaciones, impidiendo que los avances y logros gubernamentales en otras áreas sean percibidos positivamente.

A lo anterior se suma la poco flexible y adecuada forma en que la clase política se ha manejado, generando una percepción ciudadana de descrédito, catalogándolos como un grupo que opta por el statu quo, con escasa representatividad y que trabaja por intereses particulares o partidarios, en función de no perder sus cuotas de poder.

Producto del descrédito de la política y el cambio (levantamiento) en la ciudadanía a la hora de manifestarse, los espacios de negociación se han jibarizado cada vez más superando a una elite política disgregada, que ha perdido la capacidad para llevar a cabo su función de articulación de demandas y propuesta de soluciones.

Nuestra clase política, con sus lógicas de antaño, al parecer no ha sabido leer, o no quiere ver efectivamente el punto que la ciudadanía está instalando, donde por más acuerdos y palabras de aliento generadas, siguen siendo la piedra de tope del conflicto. Muestra fehaciente de ello es la valoración que ésta ha presentado, desde al menos una década, con bajas en el apoyo a su desempeño y cuestionamientos sostenidos a su operatoria.

El orden de las movilizaciones

Desde hace tres meses prácticamente todos los días en algún lugar de nuestro país, podemos observar alguna movilización o protesta ciudadana. Si bien en un principio éstas aparecían espontáneas y altamente desordenadas, hoy han logrado incluso establecer una calendarización y han pasado a ser parte de las actividades de la ciudad (como cacerolazos y marchas autorizadas).

Sin embargo, esta “ciudadanía movilizada, alerta y en estado de protesta” ha servido de caldo de cultivo para que grupos antisistema puedan generar acciones violentas, desde infiltración de marchas, hasta puesta de artefactos explosivos en neurálgicos puntos de la ciudad. Situación que contribuye a generar la percepción de debacle social e inseguridad pública. Para un sector de la población ello se asemeja a los momentos más aciagos de nuestra historia política de décadas pasadas, ya sea que se piense en los 70’s o los 80’s.

Ante esta actividad nos encontramos con un gobierno que es percibido como errático, lento en su toma de decisiones y que –al parecer- no ha dimensionado la situación de criticidad social en que se encuentra, con un base de apoyo político escasa (por no decir paupérrima) de su propio sector y una oposición de alta criticidad y escasa propuesta.

Con ello, las posibilidades reales de solución a los conflictos se reducen, en la medida que no existe un espacio de discusión real de alternativas y propuestas, que al menos disminuyan el descontento social. El corolario se manifiesta es que por más que el Gobierno proponga, al no manejar adecuadamente la “agenda política”, sus medidas y acciones carecen de espacio suficiente para ser creíbles y viables, aumentando el espacio de desconfianza de parte de la ciudadanía que encuentra allí el fundamento para mantener las movilizaciones.

Las nuevas marchas

Los antecedentes anteriores, sumados a las marchas convocadas por el movimiento estudiantil para este jueves 18 de agosto y el paro nacional convocado por la CUT para el 24 y 25 de agosto (al que ya se habrían plegado los trabajadores de Codelco, la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP), Correos de Chile, BancoEstado, Empresa Nacional de Minería (Enami) y de sanitarias) dan a entender que la movilización aún no toca techo.

Con ello, septiembre vuelve a ser un periodo de difícil manejo y alta conflictividad, en la medida que el malestar social y su expresión crece en adherentes. La cuestión es que este septiembre se enredará entre quienes concurren al pasado y la historia para argumentar, y aquellos que ven con preocupación un futuro poco nítido y sin elementos que permitan configurar un escenario de menor desigualdad y mayor desarrollo social.

Conclusiones:

La soledad de la clase política y el propio gobierno. La asintonía de los partidos políticos con la ciudadanía deriva en un complejo escenario para el sistema político, donde la democracia representativa aparece desligada de las demandas sociales y las soluciones colectivas. Esto afecta tanto a los partidos, que bailan frente a los medios de comunicación sin propuestas ni alternativas visibles y viables para enfrentar los conflictos, como al gobierno, quien no encuentra el relato (manejo de la agenda) para hacer frente a los requerimientos y tampoco apoyo en las propuestas sin inclusión de los demandantes.

Esta soledad es especialmente compleja para el gobierno, quién no ha podido encontrar la fórmula para lograr la alineación de su equipos, o al menos un silencio que sea la antesala de una estrategia integradora en los grandes temas nacionales. En este contexto, la conclusión inevitable –y cada vez más compartida- es que el Gobierno termina siendo considerado parte del problema y no de la solución.

Lo transversal del actuar de las bancadas políticas con el objeto de buscar una solución, hace pensar que existe una estrategia conjunta de negociación (excluyendo al ejecutivo), con el objeto de lograr darle viabilidad al gobierno con el fin de que sólo termine su periodo y los costos políticos a pagar por ambos bloques sean los mínimos. El objetivo es el de evitar que surjan “nuevos” candidatos parapetados en el descontento y fuera de la estructura política e institucional que determina la distribución de poder en Chile, con la esperanza de recuperar algo de representatividad y aprobación de la ciudadanía.

Se puede intuir que el riesgo percibido por la clase política es alto, y por tanto será un duro agosto y letal septiembre, si no son capaces de generar un mecanismo de resolución de conflictos (los paños fríos ya dejaron de ser una alternativa, dada la postura de los dirigentes estudiantiles y la propia ciudadanía), que permita bajar la presión del sistema a partir de trabajo en conjunto con la ciudadanía (o quienes la lideren) y, además, enfrentar las problemáticas que esperan su espacio para expresarse (Transantiago, fiscalías, situación de la salud pública, avances de la reconstrucción, regionalización, aumento salarial de los empleados públicos, eficiencia en el gasto público e incluso la realización del próximo Censo de población).

El escenario que enfrenta al sistema político al 2014 queda condicionado por la capacidad de la clase política de trabajar en conjunto y con la ciudadanía para ir generando gradualmente los cambios que apunten a disminuir la desigualdad.

En este sentido, la inclusión de las demandas por sí mismas no basta. El trabajo debe realizarse incluyendo a los grupos, en un proceso de escuchar asertiva y persistente (más allá de las encuestas, como fotografía), permitiendo el involucramiento de éstos en la solución.

Por ello, en este contexto deberían articularse una serie de cambios estructurales, que apunten a cuajar la ansiada y prometida igualdad de oportunidades sociales, políticas y económicas, donde el Estado actúa como promotor y garante, oportuno e inclusivo. Pues mientras más se demore, más crítico e indignado se mostrará la ciudadanía, que ya demostró tener más fuerza y ganas.

Guillermo Holzmann.

Publicado: 22/08/2011

Loreto Ibáñez Fontan, Editora General Columna Digital.

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