• 12/agosto/2010 •

Reflexión tras el derrumbe

<b>Augusto Cavallari</b><br>Profesor de la Universidad Central de Chile.

Augusto Cavallari
Profesor de la Universidad Central de Chile.

Una crisis –dice Tennessee Williams, por boca del protagonista de “La gata sobre el tejado de zinc caliente”- saca a relucir lo mejor o lo peor de nosotros. Y una crisis no sólo nos cuestiona, además nos deshace los planes, nos indica hasta dónde llegan nuestras fuerzas y nuestro conocimiento, incluso, nuestro grado de humanidad.

Hace meses, un terremoto y posterior tsunami, privaron de la vida y sus bienes a muchos chilenos. Ahora, somos testigos del derrumbe de una mina en Copiapó, que atrapó a 33 mineros en su interior. Pero, estas dos tragedias son muy distintas.

Al mismo tiempo, se difunden los promisorios vaticinios de economistas que auguran años de bonanza económica y beneficios para todos. La conclusión, ineludible, sería que este anuncio llega tarde a estos compatriotas, que no habrían arriesgado su vida si hubiesen sabido que su futuro sería promisorio. Pero no es así. Lo que diga un economista en Santiago no cubre las necesidades inmediatas de personas que, carentes de relaciones, estudios o capital, deben conformarse con lo que se les ofrece, aunque por ello arriesguen la vida. Y estos trabajadores, personas sufridas, honestas y anónimas, pero cuyas oportunidades laborales son escasas, conforman un porcentaje relevante de nuestro pueblo.

Ésa es la tarea, que una política pública de redistribución del ingreso alcance a todos, que un período de progreso y desarrollo aporte a todos lo suficiente para subsistir con una mínima dignidad. De no ser así, una noticia de mejores expectativas está destinada solamente a ciertos círculos y sectores, números fríos, victorias parciales, datos que no reflejan nuestra realidad y, lo que es peor, no indican nuestro destino como nación.

La codicia de algunos se ampara en la necesidad de otros. Y el deber ser de un servicio público se trastoca con el mero expediente de hacer la vista gorda cuando se autoriza y no se fiscaliza, porque “nadie quiere que los mineros queden sin trabajo”. Las buenas razones están siempre a la orden del día, la practicidad puede justificar todo, el mundo no puede ni debe cambiar, porque las reglas son inmodificables y eternas. Y es curioso, porque el progreso económico apunta a que las cosas no son eternas, que sí pueden cambiar.

¿Conformamos una nación o la chilenidad o lo chileno es una etiqueta para los festejos patrios, el fundo donde dormimos o trabajamos, pero jamás aquello que nos identifica y nos conforma?. Este país implora un cambio, pero que consista en un real progreso para todos y se dará cuando el hombre no tenga que arriesgar su vida, su salud o su integridad física o psíquica, para llevar el pan a su hogar.

La tarea del Estado es ineludible. No hace mucho se cuestionaba su rol y el de sus funcionarios y se le acusaba de entrabar todo con pesada burocracia. Pues bien, la sociedad requiere y precisa un ente regulador y limitador de los excesos de determinadas personas que no trepidan en incrementar su patrimonio a costa del riesgo de muerte o daño de otros. Es preciso alguien que se preocupe por la sociedad en su conjunto y no en sus intereses propios y que se fiscalice a cabalidad el cumplimiento de sus deberes.

Nuevamente, es el Estado el llamado a cumplir este rol, el de procurar la protección de sus habitantes y su bienestar. Dice la Constitución Política de la República que “El Estado está al servicio de la persona humana y su finalidad es promover el bien común, para lo cual debe contribuir a crear las condiciones sociales que permitan a todos y a cada uno de los integrantes de la comunidad nacional, su mayor realización espiritual y material posible, con pleno respeto a los derechos y garantías que esta Constitución establece.” Suena bien, lo importante es que no sea letra muerta o concepto a memorizar de la dogmática constitucional.

En una tragedia como la que hoy presenciamos, toda la sociedad es responsable, aunque el Estado deba velar por su reparación (en la medida de lo posible). Pero es deber de todos, exigir a nuestras autoridades la dictación de normas más estrictas para el funcionamiento de empresas que sean riesgosas para la salud de los que laboran en ellas o de los que recibimos sus efectos o productos; que se fiscalice su cumplimiento de manera más estricta, pero especialmente que se procure, ahora y no en diez generaciones más, la creación de mejores oportunidades laborales, para que el destino de todos sea más auspicioso. Para que podamos afirmar, finalmente, que el bien común ya no parece consistir en el menos común de los bienes.

Augusto Cavallari.

Publicado: 12/08/2010

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