• 16/agosto/2011 •

Revueltos, pero no juntos…

<b>Clara Szczaranski</b><br>Fue Presidenta del Consejo de Defensa del Estado de Chile entre los años 1996 y 2005. Actualmente es la Decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor.

Clara Szczaranski
Fue Presidenta del Consejo de Defensa del Estado de Chile entre los años 1996 y 2005. Actualmente es la Decana de la Facultad de Derecho de la Universidad Mayor.

La complejidad cultural hace hoy muy sofisticada la gestión pública, la que difícilmente es advertida en su intrincada diversidad como un todo obligado a la coherencia interna, con distintas políticas públicas, salud, previsión, educación, entre otras, que miran a las necesidades de distintos sectores de la realidad.

En ese escenario -un sistema condicionado por los equilibrios internos y por el contexto internacional-, vemos cómo cunden las protestas grupables, aparentemente sin partidos que las animen, cada uno en su esquina, mirando su luz roja o verde, y proyectando lo personal a lo general, sin considerar las condicionantes objetivas del avance o retroceso del interés público integral o bien común. Desde su particular atalaya, para algunos hoy el problema es lo previsional, luego del golpe recibido en sus ahorros invertidos por algunas AFP en La Polar.

Para otros el tema es la salud o el transporte. Para muchos, el reclamo va en los NIMBY («not in my black yard»: no en mi patio trasero): nadie quiere cerca cárceles, centros de acogida, represas, ni tantas cosas que le desordenan la vida.

Para los que actualmente protestan en las calles, el tema es la educación, que sin duda es lo más trascendental que debe enfrentar un país para su desarrollo cultural, único puente capaz de acortar la enorme brecha que separa a quienes tienen oportunidades reales de quienes no las tienen.

Ojalá lograran ser pacíficas, sin provocadores ni lumpen infiltrados, verdaderos foros de reflexión en búsqueda de soluciones, en diálogo con la autoridad y, todos, con los oídos bien abiertos a lo razonable. Pero no es eso lo que vemos hoy y es lamentable que, pese al logro civilizado de haber recuperado un Estado de Derecho democrático, la fuerza siga siendo una moneda de cambio aceptable.

Pareciera que nuestro concepto de democracia padece algún mal; no se ve que los dirigentes políticos conduzcan el proceso y , en cambio, las redes informáticas conectan instantáneamente a miles de personas sin trámites, sin cara y sin nombres si así lo desean.

Pero esas redes, con su efectividad y fuerza, no deben pensar sólo en sí mismas, sino en el país, en los que no pueden marchar o viven aislados, lejanos, desinformatizados.

Las fuerzas deben matizarse con la solidaridad y buscar el bien común. La soledad, la impotencia y la debilidad deben tener cabida en una democracia.

En un país desarrollado, el Estado de Derecho democrático se mide por el respeto a las minorías, y a los más debiles. Se trata de tolerancia, de generosidad y de caminos de paz.

Sería bueno buscar el bien común promediado. Lo que no es lo mismo que sumar, ocasionalmente, propuestas separadas, instrumentalmente, para ilustrar de modo más visible, el propósito de manifestar descontento.

Parece que nos falta una definición actual de nuestro momento histórico y de nuestro destino-país, una definición integradora, en la que todas las propuestas tengan un norte compartido y una relación sinérgica y en la que el descontento, en sí mismo, no sea un valor.

Clara Szczaranski.

Publicado: 16/08/2011

Loreto Ibáñez Fontan, Editora General Columna Digital.

Relacionados: