• 07/abril/2013 •

Ser o no ser

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

El episodio de la candidata Bachelet rehusando con un “paso” responder al emplazamiento para que se haga cargo de lo bueno y lo malo de su gobierno, junto al esperable y lógico aprovechamiento de los demás candidatos para sacar ventajas de la situación, demuestra con toda claridad que los postulantes a La Moneda entienden perfectamente el poder de la opinión pública expresado a través de las redes sociales o, por lo menos, han terminado de entenderlo por las reacciones a este capítulo en particular.

La comprensión del fenómeno de las redes sociales es un asunto enteramente distinto del convencimiento que pueda existir respecto de que es necesario hacer caso a la expresión de las opiniones de la gente, porque hay que tener siempre presente que en política los actos no siempre coinciden con las declaraciones explícitas que se hagan sobre la materia, pero son los actos los que representan realmente el pensamiento de los dirigentes políticos.

Hay que recordar asimismo que aún no está demostrado que estas herramientas proporcionadas por las redes sociales -sobre todo Twitter y Facebook- sirvan para que la voluntad mayoritaria de la ciudadanía se imponga efectivamente a la clase política, aunque los teóricos de las comunicaciones y de la política tengan ya asimilado que, por lo menos hasta ahora, todo indica que la evolución va en ese sentido y la sustitución de la democracia representativa por una democracia participativa.

Sí está demostrado que la organización de la gente a través de estas redes sí sirve para conseguir resultados concretos en asuntos específicos, pero también es evidente que no siempre se obtiene la participación de las personas ni se obtienen resultados objetivos, y otra cosa muy distinta por su complejidad es poder constituirse en un factor decisivo para una elección presidencial, en especial en un país en el que, como en muchas otras naciones, el electorado se ha acostumbrado a votar por lo que se llama el “mal menor”.   Como es poco frecuente que un candidato despierte un entusiasmo mayoritario de la ciudadanía, resulta electo en definitiva el que despierta menos recelos, que no es lo mismo que una adhesión sincera ni mucho menos un respaldo entusiasta.

Lo que está en cuestión es si en esta elección presidencial el peso de las redes sociales será advertido o seguirá siendo una aspiración aún no concretada de los partidarios de estas nuevas formas de comunicación social, que se desarrollan al margen de los medios de prensa tradicionales y, por supuesto, de la institucionalidad de los partidos políticos.  El riesgo es que, si no resultan gravitantes, las redes sociales pierdan el impulso que han demostrado hasta ahora y se restrinjan las alternativas para la renovación de la política.  Esa es la cuestión.  Ser o no ser.

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