• 08/noviembre/2009 •

Sobre estatuas y monumentos

<b>Alejandro Díaz</b><br>Académico de la Universidad Central de Chile, Doctor © en Estudios Latinoamericanos.

Alejandro Díaz
Académico de la Universidad Central de Chile, Doctor © en Estudios Latinoamericanos.

En referencia a la polémica que se ha suscitado con la construcción de una gigantesca estatua del papa Juan Pablo II en la calle Pío Nono, frente a la escuela de Derecho de la U. de Chile, se percibe que las condiciones de recepción de la polémica pública activa otros flujos de respuesta que van más allá de una preocupación por el espacio público de la Escuela de Derecho, dejando entrever una voluntad de adherirse a una manifestación de repudio de lo que se advierte como un atropello por parte de los poderes fácticos universitarios que irrumpen aliados, en este caso, con una municipalidad que exhibe relaciones de tipo nepotista con la Universidad (¿incestuosas entre capital y gobierno local capturados por la lógica del gran capital?).

La otra mitad de la población no sólo está de acuerdo con la construcción, sino que el lugar le es indiferente. La indiferencia se sustenta, a mi juicio, en que no existe una razón en el inconsciente colectivo para fijar un determinado espacio público a la figura de Juan Pablo II. Por tanto, el que sea ese lugar y la voluntad de municipio-universidad la determinante principal, impide buscar esas razones en un “inconsciente colectivo popular”.

La Universidad Central de Chile, a través de su Centro de Estudios Sociales y Opinión Pública (CESOP), reveló en una reciente encuesta que Don Francisco y Michelle Bachelet son las figuras que más merecerían tener su estatua. Un ejercicio de introspección social podría sugerir que los chilenos seguimos tributando al “mito mariano”. ¿Existiría un “anima” “Jungiano”, dispuesto a hacerse presente cuando se expresa admiración por Bachelet? Poco importa la calidad de su Gobierno. La madre se hizo presente y lo hizo para quedarse. No es distinto en el resto de América Latina. Si no, miremos las mujeres argentinas y su intento de comerse el corazón de Eva Perón.

En el caso de Don Francisco, él canaliza la necesidad de integración social, esta vez por medio de la TV. Y aún cuando muchos hayan contestado medio en broma medio en serio la encuesta del CESOP, ahí está una imagen de la farándula per se, estableciendo un puente con la cotidianeidad del mundo social y popular.

Resulta llamativo que en la lista de personajes que merecen estatua figure también Condorito, que representa, a mi juicio, la esperanza de redención social autónoma del pueblo de Chile. Condorito es “Pelotillehue y sus alrededores”. Es el vínculo trascendental a las espirales identitarias y siempre en transformación de las identidades populares. Esa estatua yo la suscribo.

En referencia a los monumentos de mayor aceptación, emerge la vieja y cada vez más actual polémica por espacio público, que no es público en relación con el uso y cómo lo sienten los Santiaguinos. Las estatuas y la relación con el espacio, el único espacio del santiaguino común. Pensemos el gran parque de Santiago, la virgen en el único lugar de espacio público, pero muy a la chilena o al tipo de Santiago algo abandonado o a mal traer. No son los Parques de Buenos Aires y sus estatuas.

El espacio público que no es público y la estatuas que no son estatuas si no imposiciones ¿dónde están las estatuas de la ciudadanía, de la República?

Es aún un tema abierto el de la imposición del capital y los intereses religiosos particulares frente a un símbolo del Estado, de esos jirones de Estado reformista que, no obstante, debemos defender, frente a la lógica del capital, es decir, defender la U. de Chile y la Facultad de Derecho, jirón deshilachado de ese Estado. Fue cuna de la masa crítica. A nuestro modo…a la chilena.

Alejandro Díaz.

Publicado: 08/11/2009

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