• 26/marzo/2010 •

Terremoto y Ollas Comunes: Estrategias de Superación y Resiliencia

<b>Mahia Saracostti</b><br>Directora Trabajo Social Universidad Andrés Bello.

Mahia Saracostti
Directora Trabajo Social Universidad Andrés Bello.

Luego del terremoto que asoló Chile, muchos de nuestros compatriotas damnificados que viven a la intemperie, comenzaron a levantar carpas o simplemente a vivir en las afueras de sus hogares, se han organizado para preparar sus alimentos, colocando una cocina y ollas comunes para poder cocinar.

La historia de las Ollas Comunes, comedores comunitarios, organizaciones colectivas de consumidores no es nueva. Es una práctica de los sectores populares que cruza buena parte de la historia de nuestro país. Las Ollas son una práctica social que buscaba resolver la cuestión alimentaria en los sectores pobres, en momentos de emergencia. Eran parte del imaginario popular: los sectores populares se organizaban en situaciones de pobreza extrema, después de un terremoto o inundaciones. A partir de 1870 comienzan a aparecer en los diarios descripciones del hambre desoladora que atacaba a los indios como consecuencia de la guerra, de acuerdo a Bengoa. Aparecieron las primeras ollas comunes, que volverían a organizarse durante la crisis del 1930, y el retorno de los trabajadores del salitre del norte que volvían con lo puesto a Santiago. Las Ollas Comunes vuelven a renacer una vez más en el contexto del reciente terremoto que ha afectado la zona centro sur del país, frente a lo cual una vecina afectada refiere a que mediante las ollas comunas “podemos compartir, pero a la vez ayudarnos en esta situación tan extrema”.

Las Ollas Comunas se han organizado históricamente desde las mujeres. Las Ollas Comunes son tremendamente interesantes por la organización que se da en ellas. La organización y la participación son lo central para su existencia. Surgen desde abajo, desde una base comunitaria. Lo principal de estas experiencias es el capital social, la organización. Es el hambre lo que organiza estas experiencias, pero su principal valor es el capital social, su organización. La posibilidad de crear redes, de formar incluso una dinámica de desarrollo microempresarial. Las capacidades que las mujeres desarrollan en torno a la organización de las Ollas – manejar costos, manipular alimentos, planificar comidas, etcétera – implican que efectivamente podían redefinirse como microempresarias. Así algunas mujeres podrían reorientar su trabajo con todo el aprendizaje logrado durante el tiempo que han estado a cargo de las Ollas comunes, y así acceder al mundo laboral o desarrollar iniciativas microempresariales. En definitiva, las Ollas se constituyen no sólo en una estrategia de satisfacción de necesidades básicas de alimentación sino que también en el comienzo del proceso de “sanación”, lo que algunos denominan resiliencia1.

La historia reciente de nuestro país está llena de personas que trabajan juntas para producir lo que necesitan, que comparten bienes y servicios para satisfacer sus necesidades comunes, que colaboran unos con otros para desarrollar sus comunidades locales y generar formas de consumo comunitario. Todos estos son ejemplos de una actitud de resiliencia.

En tiempos de crisis –como el caso de un Megaterremoto- las personas se reorganizan en función a tareas de asistencia para cubrir sus necesidades básicas. A nadie le hace feliz ver el renacer de las Ollas Comunes como metáforas que representan el hambre. Pero, no podemos dejar de mirar con profundo respeto como las Ollas Comunas rescatan las habilidades de emprendimiento y proactividad de las personas, familias y comunidades en la reconstrucción de sus vidas.

Mahia Saracostti.

Publicado: 26/03/2010

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