• 22/enero/2018 •

Todo es espectáculo

Andrés Rojo Torrealba

Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.
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Andrés Rojo Torrealba
Periodista titulado de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Es sesor parlamentario por cerca de quince años, en el Senado y la Cámara de Diputados. Colabora con medios nacionales y regionales, además de virtuales; realiza asesorías para diversas embajadas: y presta funciones como escritor fantasma. Conduce un taller de cuentos y escribe cuentos, novelas y aforismos.

De vez en cuando se producen hitos que nos permiten medir cuánto ha cambiado la sociedad. Ocurrió con el fin del voto obligatorio, que reveló el desapego de la ciudadanía respecto de la actividad política, y ahora con la visita del Papa Francisco, que demostró una distancia similar de los fieles en relación a la Iglesia Católica.

Posiblemente en ambos casos lo que hay es un rechazo a las instituciones, producto del individualismo que ha ido promoviendo el modelo económico, siempre satisfecho de maximizar las utilidades pero evasivo a la hora de asumir las consecuencias. Se dice que falta compromiso, responsabilidad, pero no puede ser de otra forma cuando llevamos décadas en que se nos dice que nuestro rol exclusivo es consumir y trabajar, sin que debamos ocuparnos de más asuntos que sentarnos frente a las pantallas del televisor y del computador para vivir las vidas de otros y divertirnos con las desgracias ajenas porque no importa que al otro le vaya bien ni que nosotros tengamos capacidades que renunciamos a desarrollar. Es que al final todo se ha terminado por convertir en un espectáculo cuya única función es divertirnos y no incomodarnos.

Si algo ha cambiado es que se ha perdido la rigurosidad, la disciplina y el respeto, en nombre del placer personal. De lo que se trata es de pasarlo bien, y eso conlleva como condición preocuparse sólo de uno y abandonar los compromisos cuando las cosas se ponen difíciles. Dicen lo mismo la tasa de endeudamiento de las personas, que se ha elevado al 70% del ingreso, es decir, se gasta hoy lo que no se tendrá mañana, y eso es precisamente porque se valora más el presente que el futuro por la necesidad de sentir que se está bien en este momento y no en otro.

Todo es relativo y lo único que permanece como inalterable y cierto es el interés y el placer personal. Desde ese punto de vista, las instituciones son molestas porque nos dicen lo que debemos ser y nos recuerdan las responsabilidades que tenemos como integrantes de una misma comunidad.

Cuando el político propone sacrificios para un bien mayor se le acusa de buscar su propio beneficio, cuando la autoridad espiritual señala los deberes se le responde que está alejado de la realidad.

Siempre la culpa es de otro, porque aceptar nuestras fallas obligaría a rectificar, pero al endosar el problema en un tercero nos podemos despreocupar sin sentimientos de culpa.

Sin duda, parte de la responsabilidad recae en las propias instituciones que se abstuvieron de intervenir cuando aún era posible corregir la marcha de los acontecimientos.

 

Andres Rojo

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