• 22/diciembre/2010 •

Una falla estructural permanente

<b>Carlos Livacic</b><br>Sociólogo de la U. Central.

Carlos Livacic
Sociólogo de la U. Central.

El título de esta crónica no guarda relación con un movimiento telúrico ni nada que se le parezca, es una alusión que tiene directa relación con un modelo de sociedad como la chilena. Esta, nuestra sociedad, la que hace todo tipo de galas y distinciones cuando trata de medirse a sí misma, con su pasado y todos los desafíos de futuro.

Esta sociedad chilena, la misma en la que estamos compartiendo algo más de 17 millones de personas, donde nos toca ver sin estupor hechos y situaciones propias de una dama, que no se reconoce como tal, que se engalana de éxitos a medias, que muestra su doble estándar de manera tímida y escondida, negando de aquello, pero sin hacer aspavientos de su temor y forma abierta de compartir cada espacio, donde cada uno de sus actores la desconoce, la reniega, pero a pesar de los pesares, debe soportarla y compartir dentro de ella.

En este mismo lugar al que hago mención, cada uno de nosotros debemos ver las imprudencias de su actuar (relaciones), donde las clases acomodadas o las familias de linaje (suscrito por cuenta propia), las mismas que se adscriben el título honorífico lleno de derechos y atropellos sobre el resto de los que no consideran de su nivel, pasan de periodo en periodo generando todo tipo de temores y odiosidades, para hacernos creer que las cosas no andan bien, que deben erguirse como garantes de la constitucionalidad, ordenar las cosas, y decirnos de qué manera resolver y hacer las cosas. Así ha sido durante estos 200 años y no sabemos cuantos más nos esperan de la misma manera.

Es acá, al igual que en tantas partes en su momento, donde podemos darnos cuenta que las cosas sólo cambian en la medida que quedan en evidencia, que se pasean en los diferentes medios de relaciones, se describen las soluciones, se generan debates, se rasgan vestiduras, para luego y de manera soterrada, retomar los modos y maneras de hacer y resolver. Es en este mismo lugar, donde la indiferencia logró quedarse en cada uno de los sitiales que hace gala, en la diferentes calles que nos corresponde recorrer, sin importar de donde vengas y de donde seas, total, la consideración ya no parece tener cabida cuando se trata del semejante.

Continuando con las analogías, la dama en cuestión (la sociedad chilena), la misma que hace gala frente a sus vecinos, se para de manera poco amigable para contarles de sus progresos, es la misma que trata de manera vejatoria a quién osa abrirse espacios dentro de ella, pero sin tener sus aspiraciones de relación y maneras de construir la realidad. Es así, insolente y poco considerada cuando se trata de acoger y recibir al amigo cuando es forastero y pertenece a su misma condición (países vecinos), pero pobre que alguien (alguno de ellos) se lo reproche, porque recibe todo tipo de epítetos moralistas, reacciones xenófobas trasnochadas, propias de su incapacidad de entender la tolerancia y la diferencia entre pares o iguales.

Dentro de este mismo lugar, donde hablamos de progreso, apertura y derechos para cada uno de sus miembros, mantenemos casi de manera irrenunciable las estructuras y los privilegios de cada sector que se yerguen como los iluminados, los representantes de la caracterización que nos da vida como nación, pero sin considerar la opinión de todos los que forman parte de cada lugar que se encuentra habitado a lo largo y ancho de su territorio.

Hoy, en este lugar, donde las diferencias se acrecientan cada día más, donde cada uno de nosotros, es valorado de acuerdo a lo que “posee” y no frente a lo que “representa”, podemos apreciar como el relativismo en la valoración de sus actos, parece apoderarse de la conciencia y los juicios éticos de relación. Ya no parece importar la manera de conseguir los recursos, lo valorable es “tener los recursos”, más allá de las formas, lo importante es tener y hacer gala de lo mismo.

Pero lo peor de todo esto, es que nos hemos acostumbrado a vivir de esta manera, no importa la divergencia, ni la expresividad de la misma, eres reconocido y distinguido a partir de la superficialidad de tus actos, permitido gozar, pero no pensar, ni menos discernir.

Carlos Livacic.

Publicado: 22/12/2010

Relacionados: