• 01/noviembre/2009 •

UNASUR: Construyendo una visión Regional

<b>Rodrigo Álvarez</b><br>Investigador Asociado FLACSO-Chile. Coordinador del Proyecto No-Proliferación y Desarme de Armas Nucleares, del Consorcio Global para la Transformación del Sector Seguridad y del Área Relaciones Internacionales.

Rodrigo Álvarez
Investigador Asociado FLACSO-Chile. Coordinador del Proyecto No-Proliferación y Desarme de Armas Nucleares, del Consorcio Global para la Transformación del Sector Seguridad y del Área Relaciones Internacionales.

Desde su nacimiento, la Unión de Naciones Suramericanas [UNASUR] ha dividido a los políticos de derecha e izquierda, como también a los analistas internacionales. Por un lado están los que le auguran una corta existencia al ver a UNASUR con una baja capacidad institucional, así como con una alta tendencia hacia la autodestrucción. Según, Juan Emilio Cheyre, en UNASUR las fuerzas disociadoras son mucho más fuertes que las que la cohesionan, [y a su] compleja arquitectura se unen factores internos que la están autodestruyendo. Para Patricio Navia, este organismo es una cosa mucho más simbólica que de fondo, no siendo éste más allá de ser una declaración de buenas intensiones que carece de herramientas de intervención política o económica.

Por el otro, están los que perciben a UNASUR como una instancia para, finalmente, construir una verdadera identidad latinoamericana; lo cual permita avanzar en un tipo de integración que considere un mayor acercamiento por áreas y estado de la relación. Según Luis Maira, aunque esta entidad apenas está dando sus primeros pasos, puede asumir importantes tareas para las estrategias nacionales de desarrollo del grupo de países que lo compone. Por su parte, el ex Canciller, Alejandro Foxley, la ve como una herramienta destinada a fortalecer el diálogo político en la región y la participación coordinada de los países en la escena internacional. Mientras que este autor ve que la UNASUR esta desarrollando una identidad sudamericana propia.

Así entonces, UNASUR enfrentará en los próximos meses el más importante de sus desafíos. Por un lado, el éxito o fracaso de la presidencia pro-tempore en manos de Ecuador será clave para proyectar si este organismo está llamado a consolidarse o a desaparecer. Por el otro, 2010 será un año clave para UNASUR, desde que solo entonces se habrán resuelto los procesos eleccionarios que podrían llevar a partidos de derecha a gobernar en países emblemáticos como Chile y Brasil. En esencia, es observar si América Latina esta preparada para avanzar desde una organización subregional a una regional.

No es un misterio los problemas que, históricamente, los procesos de integración han sufrido en la región. Por ejemplo, para Raquel Turienzo, si bien a escala mundial han experimentado, de algún modo, cierto éxito a nivel general, respecto a los mismos en la región de Sudamérica esta afirmación no podría hacerse tan taxativamente. Al respecto, siempre conducidos por la idea del libre comercio, los intentos a lo largo del siglo XX fueron variados y amplios. Para Van Klaveren, las nuevas iniciativas de los 90 están asociadas estrechamente a las políticas de reforma estructural y de apertura al comercio y a las inversiones internacionales, apuntando a la creación de zonas de libre comercio y mercados comunes en plazos reducidos y a la introducción de mecanismos de coordinación económica.

La década de los 60 sería fructífera en el objetivo de crear instancias de integración: ALALC y MCCA en 1969, CARIFTA en 1965 y el Pacto o Grupo Andino en 1969. En 1973 nació CARICOM como heredero de CARIFTA, en 1980 ALADI sucedió a ALALC y en 1986 se conformó el Grupo de Río. Los 90, como los 60, vio el surgimiento de nuevas instancias: en 1991 el MERCOSUR y la Comunidad Andina [sucesora del Pacto Andino] y en 1993 el SICA. Por otra parte, la llegada del nuevo siglo ha visto dos nuevas instancias: ALBA en 2007 y, como resultado del camino inicia en 2000, UNASUR en 2008.

Lo destacable es que UNASUR ha marcando el fin de un período en la región. Efectivamente, este organismo, idea que dominó los acuerdos hasta fines del siglo XX, ha dado un giro desde un proceso de integración subregional a uno sustentado en una visión regional. No es casualidad que, si bien segundaria e incipiente, UNASUR tuviera un positivo rol en la solución de la crisis política de Ecuador en 2005; así como en la que enfrentó a este país con Colombia en 2008. Sin embargo, para 2009 alcanzaría su consolidación como actor regional. Este año UNASUR ha cumplido una crucial participación para resolver la crisis política de Bolivia; y, aunque criticada por unos y respaldada por otros, logró que Colombia asistiera a la reunión extraordinaria para analizar el despliegue de siete bases militares de Estados Unidos en su territorio. En la misma reunión la agenda también fue ampliada al hacerse multilateral el debato sobre el gasto en defensa.

El efecto no reconocido de sus opositores ha sido que los temas sobre transparencia e implementación y desarrollo de medidas de fomento de la confianza y seguridad alcanzaron una nueva visibilidad. A este respecto, no ha sido extraño el que, luego de la última reunión de ministros de UNASUR de septiembre de 2009, nuevamente sean sus críticos los que destaquen los limitados logros alcanzados al momento de analizar el desarrollo de las medidas de confianza. Sin embargo, como lo hizo ver el canciller de Chile, Mariano Fernández, en este encuentro se incluyó el principio de la no extraterritorialidad, así como la propuesta del gobierno de Chile de homologar los gastos militares. Del mismo modo, el canciller ecuatoriano, Fander Falconi, sostuvo que gracias a esta reunión se ha logrado concretar el 70% de medidas de seguridad y confianza.

Desde esta perspectiva, aunque UNASUR no ha declarado hasta ahora tener como objetivo ser un símil de la experiencia europea, pareciera que aquellos que promueven una corriente opositora a la posibilidad de que se concrete una instancia como esta han olvidan el efecto político, militar, económico, social y tecnológico que ha tenido la creación de la Unión Europea; y sobre la cual permanentemente hacen reflexiones de ser un ejemplo a seguir.

Sin embargo, al momento de proyectar la consolidación de UNASUR, se debe reconoce que la existencia de algunas falencias son centrales para alcanzar este objetivo. Así, aunque recientemente confirmada su construcción, aún no se ha logrado avanzar en la puesta en marcha del Parlamento de UNASUR. No menos difícil ha sido alcanzar una posición única regional para nombrar al secretario general del organismo y aún, producto de la oposición de los partidos de derecha, se ve altamente complejo el que los congresos de cada una de las naciones sudamericanas aprueben el respaldo político para su funcionamiento.

El trabajo hecho hasta ahora de UNASUR permite plantear cinco ideas centrales. La primera es que UNASUR, hasta el momento, ha cumplido un rol que puede ser definido como prometedor en alguna de las más profundas crisis que la región ha vivido en el comienzo de siglo XXI. Segundo, UNASUR ha debido aceptar, por una cuestión de formato de integración histórico, la interacción de la lógica regional con fuerte ingerencia de acuerdos subregionales. Tercero, UNASUR enfrenta el clásico paradigma que representa la cesación de poder. Desde esta perspectiva, es imperioso el que los países de la región —más allá de las posiciones políticas que lo gobiernen— resuelvan si desean o no reconocer un organismo supranacional que pueda demandar de ellos la entrega de ciertas cuotas de poder. Cuarto, UNASUR, frente a la posibilidad de convertirse en un único y verdadero referente regional, enfrenta una clara lucha de poder. Así, no cabe duda que la opción de llegar a convertirse en un organismo en el que el peso de Estados Unidos no esté presente es un serio problema de intereses geopolíticos que, entre otros efectos, provocaría un claro debilitamiento de la OEA. Quinto, UNASUR debe consolidarse como instancia promotora de transparencia y medidas de fomento de la confianza y seguridad. El organismo debería ser visto —sin distinciones políticas— como la primera instancia donde se debe avanzar en un marco que permita, gracias al Consejo de Defensa Sudamericano, el desarrollo de confianzas. El objetivo último debe ser tener una posición regional con proyección mundial.

Según Van Klaveren, el resultado final de esta verdadera proliferación de acuerdos e iniciativas [de los 90] es alentador; [sin embargo], al mismo tiempo, debe advertirse que no estamos hablando de un proceso ordenado que sigue una secuencia clara y en que en los espacios de integración están fijados de una manera precisa.

Al respecto, Van Klanveren [1997, p.55], analizaba que:

“Históricamente, la integración latinoamericana ha incluido esfuerzos tanto regionales como subregionales. Los primeros acuerdos tuvieron un alcance subregional, pero en 1960 se adoptó un enfoque regional, debido a la convicción de que podía fortalecer la posición internacional de los países participantes. En la práctica, sin embargo, los enfoques subregionales conservaron su vigencia y han aumentado en importancia durante los últimos años, en parte porque parecen más viables, homogéneos y cohesionados. Es así como se observa en los años 90 una renovación de los acuerdos subregionales en toda América Latina”.

Desde esta perspectiva, abriéndose un nuevo punto de disputa, pareciera lógica la forma en que UNASUR ha tendido a trabajar de manera paralela a la OEA, captando de paso espacios que hasta hace poco eran propias de esta última. A este respecto, el propio presidente Uribe hizo ver su preocupación “me parece importante que UNASUR no se desvincule de la OEA ni vaya en contra. Las deliberaciones, los estudios que se encomienden a los diferentes órganos en proceso de constitución de UNASUR deben ir de la mano de la OEA y no en contra de sus sistema interamericano”[1].Y el propio secretario general de la OEA, José Miguel Insulza declaró que la UNASUR no ha desplazado a la OEA, no existe competencia [2].

Sin embargo, existe la sensación que la idea del desplazamiento es una posibilidad real; lo cual implicaría la consolidación de un organismo en el que la presencia de los Estados Unidos no sería el pilar fundamental. Al respecto, las derechas de la región también han dejado entrever el conflicto que representa para ellas esta posibilidad. Por ejemplo, en Chile el candidato de la alianza opositora, Sebastian Piñera, al referirse a la reunión de Bariloche, sostuvo que “después de ver los resultados de la última cumbre de UNASUR, creo que todavía tiene que mostrar y demostrar su utilidad [3]. En este sentido, el argumento fundamental para no tener una posición favorable a UNASUR se resumen en dos elementos: la posible influencia que podría llegar a tener el presidente de Venezuela, Hugo Chávez en el organismo y la posibilidad de pérdida de soberanía que UNASUR representaría a los intereses de seguridad nacional. Según, Anguita [2009], hay una oleada de la derecha que combinan a viejas oligarquías con nuevas expresiones de multimillonarios con apetencias presidenciales y contactos con los poderes de lobbies norteamericanos y, por otra parte, en Estados Unidos no todos están dispuestos a alinearse con la política de Obama [4].

Rodrigo Álvarez.

[1]http://www.semana.com/noticias-relaciones-exteriores/unasur-no-debe-desvincularse-ni-ir-contra-oea-uribe/127909.aspx

[2]http://diario.elmercurio.cl/detalle/index.asp?id={d98ec8d7-ba3c-47c1-b711-31ef7142d7c2}

[3]http://latercera.com/contenido/654_175231_9.shtml

[4]http://www.elargentino.com/nota-52986-Unasur-Uribe-y-la-derecha-continental.html

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