• 21/junio/2013 •

Venezuela después de Chávez

<b>Andrés Stark Azócar</b><br>
Doctor (c) en Filosofía, Universidad Pontificia de Salamanca, España.

Andrés Stark Azócar
Doctor (c) en Filosofía, Universidad Pontificia de Salamanca, España.

En cierta medida, la actual crisis venezolana no es un fenómeno exclusivo de este país o restringido a las últimas décadas. El “fenómeno Chávez”, aunque consignando sus evidentes peculiaridades, presenta estrechas semejanzas con el proceso de transformación política, económica, social y cultural protagonizado por Fidel Castro en Cuba, Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador, Cristina Fernández en Argentina, Lula da Silva y Dilma Rousseff en Brasil, Daniel Ortega en Nicaragua e, inclusive, por Michelle Bachelet y, asumiendo los matices del caso, por el propio Sebastián Piñera en Chile. Detrás del velo del populismo y las ideologías de turno, se esconde la incapacidad sistemática de sucesivos gobiernos de concebir un orden político inclusivo y justo. En otros términos, el modelo económico y político liberal, no ha logrado consolidar en Latinoamérica sociedades ordenadas al bien común, fin específico del Estado. Ya sea desde el “socialismo castrista”, el “socialismo liberal”, el “neoliberalismo”, el “nacionalismo étnico”, o bien, la “revolución bolivariana”, los intentos por lograr un desarrollo sustentable han sido, en definitiva, infructuosos, fraguando un escenario donde el remedio termina siendo siempre peor que la enfermedad. Lo anterior no niega, relativiza o exculpa el totalitarismo chavista, al contrario, permite situarlo en perspectiva.

En segundo lugar, en el plano económico, el desabastecimiento es un problema que se remonta al sistema de administración cambiaria (CADIVI) y a la política económica internacional del gobierno de Chávez. De tal forma, a fines del 2012 las reservas del país se desplomaron y el gobierno se vio forzado a recurrir a la reserva de oro; algo así como las “joyas de la corona”. Desde esta perspectiva, uno de los principales problemas de Venezuela reside en su monumental deuda pública -tanto interna como externa-, cuyo servicio contribuye a explicar la escasez relativa de divisas y los controles gubernamentales sobre éstas. Ahora bien, a lo anterior se suma la ineficiencia y, sobre todo, la corrupción del gobierno venezolano; flagelo no sólo transversalmente extendido, sino, al mismo tiempo, ampliamente tolerado tanto por el gobierno como por la oposición, quienes, cabe recordar, no fueron precisamente un “ejemplo de probidad” durante más de 30 años en el poder. En este contexto, la verborrea populista del chavismo, cual “cojo echándole la culpa al empedrado”, no hacía otra cosa que disimular, en casi todos los flancos, la problemática real del país. Al desaparecer Chávez, el gobierno se debilita y la oposición se ve fortalecida, todo lo cual quedó en evidencia durante las últimas elecciones. No obstante, lejos de representar una verdadera alternativa, la oposición venezolana se ha caracterizado, salvo honrosas excepciones, por una actitud timorata y oportunista. Es así, que hoy presenciamos como muchos obtienen dividendos personales de los errores de la política económica chavista. Dicho de otro modo, en las crisis se suelen crear fortunas.

En suma, superando los enfoques “chauvinistas” y la actitud fatídica, las propuestas de la oposición venezolana han sido, en el mejor de los casos, pueriles y de “corto alcance”, convirtiéndola, en cierta medida, en cómplice del difunto Comandante y de su fiel séquito. Recordando las reflexiones de un viejo amigo, el mundo actual nos muestra con una crueldad sórdida el gris pragmatismo que hoy invade toda institución donde se juega el futuro de nuestra civilización.

Andrés Stark Azócar

Relacionados: