• 30/julio/2013 •

Vida de perros

<b>Daniel Hans Loewe</b><br>Doctor en Filosofía de la Universität de Tübingen y licenciado en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Sus áreas de especialización son filosofía política, filosofía moral y ética, con especial énfasis en teorías igualitarias, multiculturalismo, teorías liberales, ética de los animales, ética del medioambiente, y teorías de justicia internacional. Desde 2009, es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez en Santiago de Chile.

Daniel Hans Loewe
Doctor en Filosofía de la Universität de Tübingen y licenciado en Filosofía de la Pontificia Universidad Católica de Chile. Sus áreas de especialización son filosofía política, filosofía moral y ética, con especial énfasis en teorías igualitarias, multiculturalismo, teorías liberales, ética de los animales, ética del medioambiente, y teorías de justicia internacional. Desde 2009, es profesor de la Escuela de Gobierno de la Universidad Adolfo Ibáñez en Santiago de Chile.

Este sábado fue el día del perro callejero. Como en cualquier celebración o conmemoración, la idea de estipular una fecha es dirigir nuestra atención al tema que las convoca. Pero en este caso el tema no son sólo los perros callejeros. Ponerlos en el foco de nuestra atención implica, necesariamente, considerarnos a nosotros mismos: su evolución, desarrollo y suerte están intrínsecamente entrelazados con nosotros. Y lo que descubrimos no es demasiado halagador.

La historia común comienza hace ya unos 15.000 años cuando algunos lobos fueron domesticados en Asia. Esta historia ha dejado huellas profundas en sus genes. Incluso cachorros manifiestan una preferencia hacia humanos por sobre sus compañeros de especie. Y si bien –para sorpresa de todos aquellos que compartimos nuestra vida con ellos– canes usualmente no logran grandes éxitos en pruebas de inteligencia, se ha comprobado que esto se debe a que son engañados por sus impresionantes capacidades cognitivas sociales –exactamente las mismas capacidades que les han facilitado una historia exitosa junto a los humanos: los perros piensan con nosotros. Es decir, nuestras actividades son su fuente de información. Al controlar estos elementos en los experimentos, su performance es mucho mejor. Perros que viven en estados más salvajes –y ciertamente lobos– obtienen muy buenos resultados, mientras que perros integrados a la vida familiar suelen buscar –con la mirada– la ayuda de sus amos.

Sin duda, esta estrategia evolutiva de sobrevivencia como especie ha sido exitosa: mientras la población canina se estima hoy en millones, la de lobos ronda apenas los 170.000 ejemplares. Pero evolución no es ética. Me explico: ciertamente la estrategia más utilizada en la historia de nuestra especie para asegurar la permanencia de nuestros genes ha sido la violación. Pero usted compartirá conmigo la opinión que del éxito de esa estrategia no se deriva la corrección moral de cada violación. Algo similar podemos decir con respecto a la posición en que, muchas veces, los perros se encuentran con respecto a los humanos. Sin duda el perro es el mejor amigo del hombre. Pero los hombres no son siempre los mejores amigos de los perros.

El caso del maltrato cruel y sádico es el más evidente. Lamentablemente, los casos de maltrato animal en nuestro país son parte del paisaje. Los perros envenenados en el centro de Punta Arenas llamaron la atención nacional. Hace poco lo hizo Chocolate, perro antofagastino que murió tras agonizar 2 días luego que desconocidos lo violaran y le introdujeran fierros y palos por el ano. No es el primer caso en la zona. Todos estos casos, así como casos futuros que sin duda vendrán, quedarán impunes en tanto no dispongamos de una legislación que impele a su persecución y sanción. Si bien el código penal sanciona el maltrato o crueldad para con los animales como simple delito, lo cierto es que en muchos sentidos se sigue considerando a los animales –tal como lo establece nuestro código civil– como cosas que tienen la capacidad para moverse por sí mismas. En la práctica, animales son tratados –como los esclavos de antaño– como cosas por la ley. El resultado es que en Chile este tipo de delitos no son propiamente investigados y los victimarios gozan de impunidad.

Pero el maltrato va mucho más allá. Lo encontramos –literalmente– a la vuelta de la esquina. Me estoy refiriendo a los perros callejeros que este día nos invita a poner en el centro de nuestra consideración. Ciertamente hay diferentes animales en esta categoría. Por una parte están aquellos que, teniendo dueño, deambulan libremente por las calles. También están aquellos que han sido “adoptados” por comunidades que los alimentan pero que no se hacen cargo plenamente de ellos. Finalmente están los que deambulan por las calles, sin tener dueño ni personas que los alimenten, cuiden o acompañen.

Gran parte de estos perros vagos han llegado a ser tales por el abandono. Las historias son muchas. Creció demasiado. Se complicó su carácter. El nuevo departamento es muy pequeño. Demasiado demandante o caro. La lista con los etcéteras continúa a la par del egoísmo humano. Imagine que alguien adopta un niño, pero luego –porque, digamos, llora demasiado– lo abandona en una estación de servicio en la carretera. ¿Qué le parecería? Por cierto, sería éticamente impresentable. Pero la situación no es demasiado diferente en el caso de los canes.

Amigo era un quiltro imponente que vivía en mi barrio. Llegó como perro guardián de una iglesia vecina. Lo veía cada vez que paseaba con mi perro. Ladraba mucho. Pero luego lo deben haber expulsado, porque paso a vivir en la calle de la iglesia, siendo alimentado por los vecinos. Hace algunas semanas desapareció. Aún sin conocer los acontecimientos, es razonable suponer que debe estar muerto. Para comprender el drama del abandono, no olvide que los canes por su historia evolutiva buscan la cercanía de los humanos. Aspiran a vivir con nosotros. Sí lo hacen, se consideran parte de la familia a la que se integran mediante su inteligencia social y sus emociones. En muchos casos están dispuestos a dar todo por sus amos. Y estos los abandonan y así condenan a la soledad, sufrimiento e incertidumbre de una vida sujeta a los peligros de la ciudad humana.

En Chile aun no disponemos de una legislación de tenencia responsable de mascotas que obligue a todos aquellos que se deciden a integrar un animal a su familia a cumplir con las obligaciones correspondientes. Estamos al debe con una legislación que atañe especialmente a algunos de los más débiles de la sociedad. Seres que viven entre nosotros. Que trabajan para nosotros. Que nos acompañan, y que para muchos son una invaluable compañía. En nuestra historia común se han ganado un estatus social especial que no debe continuar siendo desconocido por nuestro sistema jurídico.

Daniel Hans Loewe

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