• 01/octubre/2009 •

Generaciones y política de recambio

<b>José Jara</b><br>Director a.i. FLACSO Chile. M.A. en Asuntos Públicos Internacionales por la Universidad de Wisconsin-Madison, EUA. Administrador Público y Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Central de Chile.

José Jara
Director a.i. FLACSO Chile. M.A. en Asuntos Públicos Internacionales por la Universidad de Wisconsin-Madison, EUA. Administrador Público y Licenciado en Ciencia Política por la Universidad Central de Chile.

En las pasadas elecciones presidenciales, el “recambio generacional” se ha instalado como un valor en el discurso de las candidaturas, con mayor énfasis en esta última. Frei ha señalado que pretende ser un puente entre generaciones, continuando de alguna manera con la incorporación paulatina de personeros de menos de 40 años en el Ejecutivo que han impulsado los últimos dos gobiernos de la Concertación. Como dato de la causa, cabe señalar que el gabinete más joven de la historia fue el de Lagos 2000 y la diferencia la marcaron en ese momento, Claudio Orrego, Alejandra Krauss, José de Gregorio y Álvaro García. Por su parte, la Alianza, y en especial la UDI, han apostado sucesivamente en sus plantillas parlamentarias por nuevas caras que hoy son parte de su sello y que responden a la doctrina del “semillero” de Jaime Guzmán, continuada hasta nuestros días por sus hijos políticos.

Sin embargo, en el caso de Marco Enríquez-Ominami —el candidato más joven de esta elección— podríamos entender su apuesta como un proyecto generacional si junto con él existiese efectivamente una generación, pero en lo concreto el grupo que lo acompaña es heterogéneo y su discurso no logra despegarse de su propia personalidad.

Para tener una discusión real acerca del recambio es necesario distinguir entre incorporación de gente joven —o relativamente joven— de un proyecto político-generacional y de una generación política. El esperado recambio generacional no es un valor por sí mismo. Todos los grupos buscan constantemente “savia nueva” y es así como la apuesta comunicacional tanto de la Alianza como de la Concertación en la actual contienda ha sido posicionar en sus comandos a rostros jóvenes como Francisco Irarrázaval y Sebastián Bowen, quienes representan a una misma corriente alejada de la política tradicional y abocada a los proyectos sociales, con cierto prestigio público basado en la eficiencia y la creatividad y la solidaridad, sin embargo cuesta imaginar que las decisiones políticas actuales de las candidaturas pasen por ellos.

El recambio va a depender directamente de lo que la nueva generación contenga en términos políticos, su relación con las generaciones anteriores y el contexto que les toca enfrentar en un momento determinado de la historia.

Cuando hablamos de una generación, hablamos de personas contemporáneas, con experiencias y referentes comunes, con ideas más o menos homogéneas que le dan densidad y que se compactan en un discurso y/o un proyecto común. Existen también hitos fundacionales que les dan identidad y “acontecimientos monstruos” (retomando una idea del historiador francés Pierre Nora) que les imponen épica y urgencia, o en otros casos lo que muchos llaman “mística”. Los liderazgos también son importantes en las generaciones políticas, éstos surgen y se desarrollan representando “sentires” y visiones de sus pares, alcanzando cuotas de poder a través de la disputa frontal por el mismo, o la negociación, o ambas en distintos momentos como se da más comúnmente.

Con esta categorización preliminar podemos explicar el surgimiento del MAPU, desde la Democracia Cristiana, escindida a su vez del Partido Conservador y artífice de uno los más importantes recambios generacionales de la historia: la incorporación de sus personeros al Gobierno de la Unidad Popular. Luego en la lucha contra la dictadura se constituyó como un puente entre la izquierda y la Iglesia. La renovación de la izquierda durante el exilio y en la transición a la democracia, tuvieron también su sello, incluso después de su desaparición formal en 1989, administrando las tensiones y apoyado la gestión pública. Guardando las proporciones y sin al afán de homologar, podemos identificar en esta categoría, también, a la primera generación del gremialismo, ceremonia de Cerro Chacarillas incluida, y su desempeño tanto en la dictadura como en la oposición a los gobiernos de la Concertación.

Resulta curioso que posterior a 1989, el panorama no vislumbra ninguna otra “generación” con la potencia necesaria para desembarcar en el poder y concretar el anhelado recambio. La G-80, si bien tiene identidad y épica, carece de proyecto político propio. En tanto la generación de los 90 —si es que existe como tal— no tiene elementos aglutinadores, ni identidad y mucho menos un proyecto político. La, mientras que la generación “pingüina”, si bien logró articular un movimiento nacional a través de la reivindicación de legítimas demandas de los estudiantes secundarios, no sobrevivió a su propia heterogeneidad, perdiendo en densidad política lo que ganó en masividad.

Cabe entonces preguntarse ¿con qué generación realizará el prometido recambio quien gane la elección de diciembre? ¿Unas cuantas caras nuevas y “descontaminadas” de la política contingente podrán dotar de nuevas ideas, sentidos y prácticas al futuro Gobierno? Probablemente, quien pierda la elección tendrá en sus manos un hito tan potente como para partir de cero y quizá, encontrarse con una generación que recoja el guante y asuma el desafío y la bandera del recambio desde la oposición.

José Jara.

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